Princess Princess
Os acordáis de la Princess, de la plancha eléctrica esa que todos nos compramos hace diez años porque, a saber cómo, se había puesto... Princess

Os acordáis de la Princess, de la plancha eléctrica esa que todos nos compramos hace diez años porque, a saber cómo, se había puesto de moda, un misterio, como los calentadores en los ochenta o las botas de agua Hunter a cien euros para llevarlas con el calcetín al aire, que hay que ser retarded, las modas, qué idiocia, pero picas, y de repente te despiertas con una urgencia ontológica por comprarte una Princess e invitar inmediatamente a todos tus amigos a cenar unos calabacines o un entrecot o unos langostinos informales, cocinados en directo sobre esa tabla de metal antiadherente y lavavajillable que, con su amorfo enchufe culero, plantabas en mitad de la mesa del comedor después de haber extendido el alargador de corriente por media casa, jugándote la vida, porque tarde o temprano alguien, tu perro, o tus hijos, o tus hijos detrás del perro, o tú mismo de la que –orgulloso anfitrión– transportabas las bandejas con los ingredientes crudos y zas, tropezabas con el puto cable, y las rodajas de calabacín a tomar por saco, los langostinos aterrizando en la estantería Billy y el entrecot cazado al vuelo por el perro –«esperad que esto lo limpio en un pispás»–, para, al fin, depositar las viandas sobre la plancha que ya humeaba y contemplar cómo, más que freír, cocía, la jodía, hasta que alguien decía «échale una miaja de aceite», y entonces el sindiós: todos pringados por la pirotecnia de grasa? ¿Os acordáis de la Princess, eh? Pues yo la guardo con la founde.

David Remartinez Redactor

(Zaragoza, 1971). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha trabajado en radio, televisión y prensa, y se incorporó a la plantilla de El Diario Montañés en 2011. Actualmente trabaja en la edición digital y escribe el blog Remartini Seco.

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