Me prometí a mí misma que este año no escribiría sobre Masterchef. Quizá es que mis intenciones de verlo eran tan sumamente reducidas que...

Me prometí a mí misma que este año no escribiría sobre Masterchef. Quizá es que mis intenciones de verlo eran tan sumamente reducidas que pensaba no tener contenido suficiente para hacer un comentario pero por unos u otros motivos los astros coincidieron para que el primer y el tercer programa se emitieran estando yo de reposo en casa. Y ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, siempre está bien rememorar experiencias vividas que tanto disfruté y que tantas cosas buenas me han aportado.

Pero el programa ha sido una sucesión de primeros planos de aspirantes contando las desgracias de su vida, de gente con ilusión que se había presentado en un casting entre más de 20.000 personas de la que no se veía ni un ápice de lo que cocinaban sino más bien de la personalidad que tenían y cuál era el rol que podrían ejercer dentro del reality; porque esto ya no es un talent.

Se les otorgaron cucharas que les aseguraban la participación en el concurso para luego quitárselas en batallas con otros compañeros a los que no se las habían dado mientras que todo el formato del programa hacía aguas y se perdía la esencia del premio al mejor: si ya me has dicho que estoy dentro y que me lo he ganado, ¿a qué viene que ahora tenga una batalla mano a mano con otro contrincante que ni siquiera ha sido seleccionado? Puro espectáculo obviamente.

El segundo episodio no lo vi, me limité a escuchar las opiniones de algunos de mis compañeros a los que llamaron para acudir al programa para cocinar y que la «gran familia Masterchef» quedase patente en el recuerdo –gracias, por cierto, a todos los que me contactaron preguntando por mi ausencia, ya saben que desde el principio me condecoraron con el ‘patito feo’ de la primera edición y me relegaron al olvido–. Ellos se divirtieron, volvieron al plató, disfrutaron de la experiencia y, en vez de hacer esto el eje protagonista, los llantos y las estridencias volvieron a las pantallas con ‘deportistas de élite’ dando espectáculo en contra de la seriedad que implica el trabajo de una cocina.
Minutos del jurado haciendo el paripé por las montañas o siendo falsamente rescatados bajo los escombros se podrían rellenar con acercamientos a productores o viticultores, explicaciones de técnicas o platos o presentaciones más a fondo de cocineros que merece mucho la pena conocer, y no sólo los que ostentan estrellas Michelin. Porque llevar a Carlos (ganador de la última) a hacer platos excesivamente barrocos y llenos de ingredientes ajenos al cocinero casero del día a día está bien, porque fue un buen concursante con empatía y carisma hacia el público pero todavía me sorprenden preguntas retóricas de los jueces como: «¿No sabes lo que es el obulato? o ¿Nunca has utilizado la maltodextrina?». No se preocupen, no tienen por qué saberlo, hay muchos cocineros profesionales que, de hecho, no lo emplean y hacer una prueba de este tipo para ver cómo todos los concursantes caen como fichas de dominó nos vuelve a remitir a una sola palabra: ‘espectáculo’.

Leía en twitter a Philippe Regol, una de las personas cuyo criterio gastronómico más admiro y sigo, preguntando si entre 20.000 personas los seleccionados eran los que más nivel culinario tenían después de ver los destrozos que la mayoría hicieron con una caja repleta de bondades con nombre de diferentes mariscos; y aunque entiendo lo mal que se pasa en el plató, lo poco que los nervios te dejan pensar y lo bloqueado que uno se siente, tengo claro que mucha gente con muchísimo nivel se ha quedado fuera. Aunque claro, esas personas no invitaban al circo.

Masterchef me cambió la vida, me permitió dedicarme a lo que realmente me gusta y en lo que empleo el 120% de mi energía diaria así que estoy tremendamente agradecida al formato. Pero puede que sea por eso por lo que la rabia me consume cuando soy consciente de que podrían hacer un programa mucho más involucrado con la gastronomía de verdad (como en su versión australiana, americana o italiana) y se limitan a hacer otro formato de televisión más, y no uno de cocina.

Clara PVillalón Miss Migas

Me llamo Clara, y lo soy. Soy creativa, testaruda, divertida y un poco locatis. No cierro discotecas y me gusta comer con las manos; si tengo que elegir me quedo con una cocina tradicional pero renovada, sin demasiadas esferificaciones ni metales preciosos.

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