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Querida Piticli: He descubierto las ‘Variaciones Goldberg’ de Bach. Las había oído, pero no escuchado, y me han revelado su infinita hermosura las manos... Piticli

Querida Piticli: He descubierto las ‘Variaciones Goldberg’ de Bach. Las había oído, pero no escuchado, y me han revelado su infinita hermosura las manos de Glenn Gould, ensalzadas en el desgarrado libro del concertista James Rhodes, ‘Instrumental’. Desde hace días me sumerjo en ese ovillo de notas bellas, mágicamente enredadas, cada vez que el alrededor me aprieta. «Hebras aterciopeladas se deslizaban por el borde de las mejillas hasta debajo de la barbilla», dice Richard Ford sobre un cabello femenino. Y tal cual me sucede al diluir mis ansias en Goldberg. Ya sabes que siempre he vivido demasiado entre gente imaginaria, y que recuerdo mucho a mis amigos pero luego no les llamo. Es absurdo, lo sé, como coger las lonchas de jamón con los dedos pero utilizar los palillos para el sushi, que es enano y además viene forrado. Ay. El Oriente me recuerda a ti. Cuando, siendo amantes, paseábamos y yo te tocaba la nalga derecha con la mano. Las parejas siempre se agarran así: el hombre con la diestra, símbolo de mando, y la mujer con la siniestra, albergada pero pensando. Si ves alguna al revés, es que deambulan borrachos. Nos defendemos del azar aferrándonos a la costumbre, pero gracias a Bach yo ahora dispongo de otro refugio más. Cierro los ojos y escucho tu nombre en cada rizo de corcheas: las íes encadenadas, el ‘ticli’ que suena a piano. Cómo me gustaría interpretártelo con el órgano.

David Remartinez Redactor

(Zaragoza, 1971). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha trabajado en radio, televisión y prensa, y se incorporó a la plantilla de El Diario Montañés en 2011. Actualmente trabaja en la edición digital y escribe el blog Remartini Seco.

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