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El domingo cociné unos garbanzos con langostinos que no llevaban langostinos. Arranqué las cabezas y las carcasas de ocho animales excepcionales y las socarré... Sevicia

El domingo cociné unos garbanzos con langostinos que no llevaban langostinos. Arranqué las cabezas y las carcasas de ocho animales excepcionales y las socarré en aceite y ajo. Las escaché con furia, arrojé cebolla, zanahoria y el verde de unos puerros, y flambeé aquel osario de mar, junto a su corona de flores de huerto, en un baño de coñac. La tortura que apliqué a los guillotinados impregnó toda la casa de un olor excitante. ¿Qué guardan estos bichos en sus cabezas? ¿En qué piensan, con qué sueñan, qué encuentran en las profundidades que tras su muerte exhala tanto sabor? Mientras ascendía el humo de la pira descubrí que yo también estaba excitado. Pensé entonces en cómo la violencia extrema genera en los hombres desquiciados la sensación de acercarse a dios. Imparten así una justicia imaginaria que el mundo les ha negado y que –según saben para sus adentros– debería haberles concedido si realmente existiera su dios. Por eso prefieren víctimas nobles para su desatar su sevicia: porque en realidad se están vengando de la mentira mayúscula de su presunto creador. Avergonzado por mi propia inquisición, cogí la masacre de la olla, la cubrí con agua, y sustancié un caldo magnífico en el que, una vez colado, sumergí los garbanzos –la más terca de las legumbres– hasta que el tiempo y el calor consiguieron doblegar su fe. Y así nació mi nuevo plato: los Garbanzos a la Yihad.

David Remartinez Redactor

(Zaragoza, 1971). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha trabajado en radio, televisión y prensa, y se incorporó a la plantilla de El Diario Montañés en 2011. Actualmente trabaja en la edición digital y escribe el blog Remartini Seco.

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