Sal y limón Sal y limón
Llegó la camarera muy pizpireta y nos puso una especie de cucharilla siamesa muy coqueta en el centro de la mesa con aceite picual... Sal y limón

Llegó la camarera muy pizpireta y nos puso una especie de cucharilla siamesa muy coqueta en el centro de la mesa con aceite picual en un cuenquillo y con escamas de sal y limón en el otro. «Para que abran el apetito», nos dijo, adosando un cesto de pan, y dejándonos a solas para que mojando el anticipo resolviéramos la comanda. Pero ay. Fue escucharla, y obnubilarme. Un relámpago cegó mi cabeza (ese frontón vasco donde la pelota de mi pensamiento permanece en un suspenso eterno), convirtiendo en capitulares las palabras que el día anterior me había cascado mi médico al revisarme el dolor: «Probablemente estas pastillas reduzcan el apetito de su líbido…». ¿QUÉ? ¡El apetito de mi líbido! Virgendelamorhermoso. ¿Cómo podemos inventar expresiones tan exiliadas de las imagénes –terribles imágenes– que estampan en nuestra conciencia? Al recibir aquella acongojante advertencia yo incluso dejé de ver a un amable doctor sentado ante mí: aparecióseme un aizkolari con una bata ajironada, aupado sobre una grajea gigante cuya forma se asemejaba ominosamente al estambre de mi masculinidad. Me sentí una flor mustia, a puntico de podar. Con ese terror meridional regresé a la realidad de la miga de pan ya aliñada que, durante mi angustia mental, había introducido en mi boca pasmada sin enterarme. Y oye, qué riquísima está la sal de limón mezclada con picual.

David Remartinez Redactor

(Zaragoza, 1971). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha trabajado en radio, televisión y prensa, y se incorporó a la plantilla de El Diario Montañés en 2011. Actualmente trabaja en la edición digital y escribe el blog Remartini Seco.

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